Esta espera permanente

esta espera permanente

La espera, esta espera permanente. Esperar el último pitido del despertador, esperar que salga el agua caliente, que el jabón termine de resbalar dentro del bote y llegue hasta la esponja. Esperar que se llene el lavabo, que el gel de afeitar crezca como la espuma, el aviso de la cafetera, el resorte de la tostadora, la última gota del exprimidor, el autobús en la parada, los semáforos en rojo, las puertas del ascensor al detenerse en la planta de la oficina.

Esperar, esperar los correos pendientes, la aprobación del presupuesto, las órdenes del día, la reunión de urgente importancia, las constantes quejas de Martínez, la sonrisa fresca y agradable de la camarera, el olor de café y de media mañana, la tartera en el microondas, que salgan los niños de clase de inglés, que llegue su madre a la hora prevista.

Esperar, esperar que no protesten por las espinacas, que se bañen sin demasiado alboroto, que se calienten sus vasos de leche y se disuelvan en parte los grumos de cacao, que el cuento propicie rápido los buenos sueños. Esperar que haya tenido un buen día o al menos uno llevadero, que acepte un rato compartido incluso frente al televisor, incluso sabiendo que me quedaré dormido.

Y así mañana será sencillo creerlo un día mejor que este.

Aunque mañana venga un cúmulo de pequeños vacíos, la conocida sucesión de tiempos muertos en el límite de esos instantes pretendidos permanentes. Y dar gracias mañana, tan felices de esquivar la terrible alternativa, la interminable espera, el infinito tiempo muerto que también, paciente, aguarda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *