Lo que he leído y escuchado sobre Ignacio Echeverría

Hecho en falta una cosa en lo que he leído y escuchado sobre Ignacio Echeverría. Quizá me aventure al suponer que su acción no fue ni ocasional ni esporádica: me cuesta entender que alguien muestre tal arrojo y coraje para plantarse ante tres tipos atacando cuchillo en mano, salvo que ya lo hubiera hecho antes.

En otros contextos, a menor escala. Pero presumo que Ignacio no era de los que se quedan callados ni quietos ante los abusos e injusticias cotidianos, los de todos los días, esos que parecen pequeños: no ceder el asiento en el autobús o el paso en una puerta, la ofensa del grande al pequeño, la falta de respeto de un hombre a una mujer o viceversa, de un superior a un subordinado, de un cliente a un camarero o dependiente… Me explico, ¿no?

Ahí encuentro la esencia de sus actos, porque lo otro, lo heroíco, lo excepcional, lo que ha pagado con su vida, siendo sublime y admirable, me parece inalcanzable para quien no tenga costumbre de ofrecerse y darse a otros.

Es esto lo que echo de menos al leer sobre Ignacio y su entrega, la más cara posible. Echo de menos la reflexión que subraye que tal coraje puede y debe ejercerse a diario. En otro contexto, a otra escala, con la violencia diaria que nos parece pequeña.

Es esa violencia, la que casi disculpamos o al menos consentimos, la que al rodar pendiente abajo por el terreno preciso engorda hasta tener el tamaño de tres tipos cuchillo en mano.

Sit tibi terra levis, Ignacio

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