Los días de luz pasan inadvertidos. Como las nubes altas, como el horizonte con mar revuelta. Anhelados bajo el árbol frondoso de ramas pesadas, cuando sopla el viento del norte, cuando faltan los minutos, los pasos, el aliento. Cuando dobla el camino y esconde el recodo la vereda, cuando solo el reloj de la torre tañe la una y fuera es de noche.

Es entonces cuando coges el sueño por las solapas y lo zarandeas y gritas y crees, iluso, que vencerás si lo empujas. Pero sigue encendida la luz de la mesilla y la farola y el cigarro y la ventana del cuarto derecha que miras a veces cuando doblas la esquina de la siguiente página.

El perro del vecino ladra, chicos y chicas ríen en los bancos de la plaza similares ocurrencias cada noche, una madre impone pena de sube a casa ahora mismo y ella, obediente, se despide disgustada. Él se levantaría para acompañarla pero su madre… Su madre sigue asomada a la ventana.

Solo el reloj de la torre tañe la una y fuera es de noche. Imaginas las tazas de café y los sillones vacíos porque escuchas sus cuerpos enredados y repica la pasión en tu pared y el perro del vecino ladra cuando alguien cierra la puerta del coche y sigue la publicidad en el televisor de la puerta de al lado.

Desdoblas y pasas la página. Otro poema. Un verso final que no subrayas. Te enfadas: todavía la recuerdas. Será culpa otra vez de las palabras.

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