Pensando en soberanía afectiva me viene a la cabeza que La Chica Charcos & The Katiuskas Band tienen una magnífica canción infantil que, a mi entender, convendría fuera escuchada por muchos adultos: ‘No quiero ser princesa’. Esta, concretamente:

Obviando los paradigmas Disney, los roles de género enquistados, las soflamas comerciales que inevitablemente han de ser estereotipadas para alcanzar su función. Obviando las estructuras patriarcales, la deuda de género, sin pararnos a debatir la conveniencia de reivindicar equivalencia en vez de igualdad, cabe prestar atención a lo realmente útil, aquello a nuestro alcance, las cosas en que sí podemos incidir por cercanas, cotidianas y accesibles.

El primero de los diez fundamentos que se atribuyen a Mahatma Gandhi para cambiar el mundo establece que todo comienza cambiándose a uno mismo. Nada más puedes hacer sino comenzar por hacer cambios dentro de ti para que estos se reflejen en el exterior.

Y un primer paso factible se encuentra en la educación, especialmente en edades tempranas. Ciertas corrientes psicológicas actuales defienden que es entre los dos y tres años de edad cuando se conforma la identidad de género (el psicólogo e investigador de la universidad King’s College de Londres, Patrick Leman, es un ejemplo de ello) mientras que otros planteamientos, como el de la socióloga de la infancia Lourdes Gaitán, defienden que “la cuestión de género se construye socialmente”.

En uno y otro caso, familia y escuela pueden incidir positivamente. La soberanía afectiva puede ser un fabuloso objetivo a perseguir y trabajarse con independencia de la edad.

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Soberanía afectiva

Trabajo en ello tratando de aplicar dos herramientas que conduzcan a la toma de decisiones. La primera de ellas es tan sencilla como embarazosa en algunas situaciones.

Nunca obligo a mi hija a dar un beso a familiares, amigos o conocidos.

Naturalmente, amigos y conocidos quieren mostrar a mi hija el afecto que nos profesan y una forma frecuente de hacerlo es preguntando si les da un beso o si pueden dárselo a ella. Cuando la niña no responde en los primeros segundos, apoyo su decisión en voz alta con el mayor tacto de que soy capaz:

“No tienes obligación de dar un beso si no quieres darlo, hija. Tu cuerpo es tuyo y tú decides a quién quieres besar”.

Nadie se ha molestado hasta el momento. Con todo, suelo añadir para el adulto que considero importante que mi hija tome sus propias decisiones, que es dueña de su afectividad y que espero que le sea útil para su vida adulta. Lo entienden todos los hombres a quienes se lo hemos dicho. Sonríen con aprobación todas las mujeres que lo han escuchado.

Soberanía afectiva y la importancia de tomar decisiones

Para poder ejercer la soberanía afectiva es imprescindible aprender a tomar decisiones, aprender a decir no. Aprender a trasladar las decisiones tratando de no lastimar a las otras personas. Y esto requiere entrenamiento.

Por eso hablo a mi hija de mi mundo adulto y la hago partícipe de mis decisiones. También de las que parecen vetadas a los niños como aquellas relacionadas con el trabajo o en qué gastar el dinero. Uso para ello un lenguaje comprensible adaptado a su edad y capacidades y lo hago –– y creo que es un detalle importante –– poniéndome físicamente a su altura, de modo que nuestros ojos queden frente a frente, evitando que tenga que mirar hacia arriba, aplicando de manera tangible una acepción de la igualdad de condiciones.

Cuando hablamos mi hija y yo, hay varias frases que empleo con frecuencia: ¿qué te parece a ti? ¿Te parece bien? ¿He conseguido explicártelo? Las dos primeras tienen efectos prácticos; su respuesta condiciona mi / nuestra acción.

De nada sirve pedir opinión a un niño si no aprende que es valiosa y que puede cambiar las cosas. 

En cuanto a la segunda, creo que no conviene preguntar directamente a un niño ¿lo has entendido? ¿Es realmente suya la responsabilidad de comprender? Es el adulto, padre o educador, quien debe asegurarse de haber explicado del mejor modo. Cuando la respuesta es afirmativa, cabe asegurarse y preguntar ¿lo has entendido? Mi pequeña experiencia dice que cuando la primera respuesta sea afirmativa, también lo será la segunda.

Violencia de género y opiniones execrables

Viene todo esto a razón del juicio contra los depredadores de San Fermín y el terrible camino que por segunda vez recorre su víctima, al clamor contra la violencia machista en todas las ciudades de España esta semana y al denuesto ante las opiniones execrables del periodista Salvador Sostres, que no merecen una letra más, ni siquiera las necesarias para valorar la calidad de su criterio o adjetivar una opinión sobre su persona.

Encuentro en la soberanía afectiva una vacuna efectiva contra todo ello. Para alcanzar los grandes cambios deben darse los pequeños, los accesibles, los de nuestros círculos inmediatos. Luego habrá de considerarse la negación de los zoquetes, en su doble acepción de “persona tarda en comprender” y “cargo público” (ver definición RAE de zoquete). La segunda se resuelve en las urnas. Para la primera recomiendo la denostada e infrautilizada patada en los cojones, de cuyo magisterio deben de haberse visto privados tanto los depredadores de San Fermín como algunos periodistas y tertulianos. Creo.

Imagen cortesía de kai Stachowiak.

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