Sobre cómo la gramática y la filosofía contribuyen a mejorar la felicidad cotidiana y a encontrar modos efectivos de mandar al carajo a cansinos profesionales.
Del mismo modo que la teoría de la autogénesis ha quedado obsoleta para la Biología, es obsoleto aceptar sin reparos los silogismos condicionales que nos invitan a cargarnos de culpa en un proceso disfrazado de estímulo, superación, asunción de responsabilidad.
Quizá el más recurrente sea el consabido «si quieres, puedes». Me gusta mucho el modo en que lo desmonta Alfonso Alcántara: Los que trabajaron duro y les ha ido bien tienden a creer que no trabajaron duro aquellos a los que no les va bien. Cuidado con la arrogancia.
Si quieres, puedes: la gran mentira
Es curioso (además de muy sencillo y efectivo) el funcionamiento de este silogismo condicional: si quieres, puedes; tú, sin duda, quieres; por ello eres capaz, puedes. Así que, de manera eficaz y eficiente, esta secuencia nos anima a cargarnos de culpa cuando los resultados no son los pretendidos. Porque no lo hemos deseado lo suficiente, porque no nos hemos esforzado lo necesario.
De este modo algo tan positivo como el deseo de mejora, tan estimulante como la propia superación, tan demandado como la capacidad de progreso continuo, se convierte en un peligro para la salud mental, emocional y física: la autoexplotación.
Lo explica magistral y sencillamente el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su celebérrimo ‘La sociedad del cansancio‘ y lo recuerda en una entrevista concedida a El Mundo con motivo de la presentación de su obra ‘El buen entretenimiento’:
«[…] nuestra sociedad del cansancio, en la que cada uno se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que así se está autorrealizando. Nos matamos a base de autorrealizarnos. Nos matamos a base de optimizarnos. Pero el hombre no es un homo laborans, sino un homo ludens».
Todo ello parece resultar extremadamente inútil. La culpa, que degenera en frustración, ansiedad, etcétera. La autoexplotación degenera en lo que Byung-Chul Hang resume como el tiempo en que se diluyen las fronteras de trabajo y ocio, se tiende a la vacuidad (‘En el enjambre‘) y desaparece la otredad (‘La expulsión de lo distinto‘):
«El tiempo en que el otro existía ha pasado. El otro como misterio, como amigo, como deseo, como pesadilla se va desvaneciendo, y en su lugar se instala un infierno en el que todo es igual, indiferente».
El azar, un actor determinante
Todo ello parece resultar extremadamente inútil. Quién negará las ventajas del trabajo, del esfuerzo, de la mejora, de la superación. Añadamos la oportunidad entendida como ocasión provechosa y como circunstancia pertinente. Si bien todos ellos son elementos convenientes para la consecución del éxito, no resultan ni necesarios ni suficientes por sí mismos. Porque aparece en escena el actor consustancial a la naturaleza y condición humana: el azar.
Lo explica en esta entrevista Eduardo Manchón, el primer español en vender una empresa (Panoramio) a Google, y afirma con acertados matices: «La cultura del esfuerzo es mentira«.
Sírvase usted, si lo necesita o tiene apetencia, de estos argumentos gramaticales y filosóficos para mandar al carajo a cansinos profesionales. Y, si me permite la sugerencia, lea usted a Byung-Chul Hang, que es más barato que seguir consejos de torpes, caraduras y malintencionados. Y relaja mucho.
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