Me preocupa como a tantos las guerras de fe en el S.XXI, que eso y no otra cosa se esconde tras ISIS, Palestina o la inacción vaticana. Sumados, como viene siendo cíclico en la Historia, intereses económicos, políticos y sociales.

Me interesa y no sólo por sus consecuencias, también por su origen. Los pueblos que hoy son víctimas, ¿fueron verdugos en otro tiempo? La Historia responde que sí.

Lo he recordado con las lecturas de estas semanas de mano de Javier Sierra (‘La cena secreta’, ‘El ángel perdido’) e Ildefonso Falcones (‘La catedral del mar’).

La semana pasada hubo mercado medieval en Albacete. Ante la puerta de la catedral, una pequeña jaima ofrecía té y dulces. Salía con mi angelito de visitar a La Virgen de Los Llanos y en la jaima un hombre algo más joven que yo invocaba los nombre de Allah pasando las cuentas de su tasbih.

A cierta distancia, con el debido respeto, expliqué a mi angelito que aquel hombre oraba a Dios, igual que acabábamos de hacer nosotros con el Padrenuestro y el Avemaría. Aunque usara otras oraciones y llamara a Dios por otro nombre, rezaba del mismo modo.

Porque entiendo que lo que nos separa a los pueblos del Libro (sea Biblia, Corán o Talmud) es más humano que divino. Imagina tres hijos que, durante la cena, orgullosos los tres de ser hijos de su padre, rivalizan por ver quién le dirige las palabras más bellas o ensalza mejor sus dones. Creo que el padre amaría el esfuerzo de cada uno conmovido también por lo ingenuo y estéril de sus disputas.

En la festividad del Corpus Christi, voy a recordar el trato que dimos a los moriscos con la bien documentada prosa de Falcones.

La paz sea contigo y los tuyos ahora y siempre. Amén. In sha Allah.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × dos =