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Imagen: Colin Bedson

Vivo cada día en un tiempo detenido, dentro del espacio intangible de mi monotonía acomodada. Aquí, parado y protegido del rebufo de los tránsitos veloces, la vida tiene sentido y los segundos muestran para mí su verdadera utilidad y naturaleza. Yo uso uno para inspirar, ellos devoran treinta y tres metros. El aire recorre mis pulmones otro segundo, ellos suman treinta y tres metros. Empleo un tercer segundo para espirar y, entonces, soy consciente de que mi respiración los aleja cien metros del origen o los impulsa cien metros hacia su destino. Soy consciente, sólo entonces, de que respiro a ciento veinte kilómetros por hora.

Durante mi jornada de trabajo todo se mide en segundos: el saludo de bienvenida, el repostaje, el cobro, la salida del vehículo, la llegada del siguiente. Pasan por la gasolinera gentes diversas y los contactos son tan breves que no logro ni pretendo permanencias. Hay días en que amo tres segundos, odio a un hombre tosco los cien metros de una respiración, deseo a una mujer durante la brevedad del tacto de su piel cuando cobro. Hay días que viajo unos segundos hacia el norte subido en el rugido del motor de una moto, que envidio la pasión de quienes dejan la habitación del motel contiguo dos horas después, breve huida de un cuarto de alquiler que dura apenas un momento. Otros días, mi fiesta dura los segundos de unos jóvenes camino de la discoteca y mi luto el fugaz paso de un coche fúnebre por la autovía.

Me gusta el verano porque la gente viaja en familia. Coches familiares paran a repostar y salen de ellos, inquietos, celebrando el fin breve del cautiverio, miriadas de niños con ganas de trotar una carrera breve, saltar las tres escaleras de nuestra pequeña tienda y romper a risas el obligado y consabido silencio del trayecto, amodorrados contra las ventanillas o sedados ante pequeñas pantallas incrustadas en los reposacabezas delanteros. Niños que exigen con política de hechos consumados su derecho inalienable al movimiento. Me gusta el verano porque las mujeres usan prendas livianas y desfilan ante mis ojos con sus cortos pantalones de colores vivos. Mujeres que regalan por descuido una exigua porción de anatomía si se inclinan sobre el salpicadero mientras limpio los cristales, mujeres de muslos descubiertos que me permiten imaginar, deducir o vislumbrar el secreto de su sexo cuando descienden del coche, la rotundidad de sus nalgas firmes y torneadas si se adentran en los atiborrados maleteros. Presto más atención en verano a las mujeres bellas y el bullicio ocasional de los niños; exultantes de vacaciones, airean mis días y refrescan mi memoria.

Llevo tres horas despierto, casi dos en el trabajo, y sigo sin encontrar ninguna permanencia. Prácticamente no deja de fluir el tráfico durante el día (y apenas durante la noche) alrededor de la gasolinera, no se detiene el continuo hormigueo en ambos sentidos de la autovía frente al surtidor de gasolina que suelo atender. No para tampoco el trasiego de vehículos expectorando sobre el asfalto, rugiendo su velocidad, ocupando y vaciando las plazas del aparcamiento al aire libre del motel contiguo, día y noche. La noche es para mí un territorio incierto de vigilias insomnes, duermevelas de turno de guardia o la infrecuente inconsciencia de un profundo morir hasta mañana.

Llevo tres horas despierto y aún no me he desprendido del primer miedo del día; miedo a que el aire no me alcance para cubrir las horas pendientes; a que se difuminen los contornos de mi monotonía; miedo a quedarme sin gas y perder impulso a media mañana. Moriré si me muevo, despedazado y esparcidos mis restos por la vertiginosa velocidad que aprisiona todos mis movimientos aquí, todos los pensamientos que debo mantener -resguardados- dentro de mi cabeza si no quiero que la estela de los sucesos fugaces las disuelvan hasta hacerlas intangibles.

Pocos clientes llegan sin prisa. Acaso quienes realizan un viaje largo, algún transportista obligado por ley al descanso o, lo recuerdo ahora por reciente, la pareja de recién casados que repostaron ayer entre besos y arrumacos. Ellos fueron uno de los pocos vestigios de vida que mi trabajo concede. Un buen trabajo. Cómodo, relativamente descansado. Un trabajo que no exige pensar en demasía.

Celebro mantener mis pensamientos protegidos sin necesidad de esfuerzos desmesurados: fuera de mi cabeza morirían aplastados sobre el asfalto, se asfixiarían en vapor de gasolina o atorados en los tubos de escape. No necesito pensar en mi trabajo, sólo saludar amablemente, preguntar ¿cuánto?, servirlo y cobrar lo pedido sin errores. Me complace la simplicidad repetitiva de este proceso, mecánico y cadente, cientos de veces muchos días. Un círculo de diámetro determinado, establecido, que me circunscribe. Desde su centro estático, inamovible, amparado por el trazo claro de su contorno, me sustraigo del vértigo de la vida.

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