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Acabo de desayunar en la cafetería que hay frente al teatro. Milán se llama. Hacen las mejores tostadas de pan con tomate y aceite. Desayuno despacio, impregnando a conciencia el pan hasta que un hilillo se escurre por el plato, extendiendo tomate rayado con generosidad. Parto el pan por la mitad y lo como a mano, con regusto, mientras ojeo el periódico. La agenda cultural habla de una exposición titulada “Hojalatas” en la Casa Consistorial. Ha sido después de ver la exposición cuando he oído música que llegaba de la plaza, juguetona, esquivando árboles y deslizando aceras. Aparece de cara al doblar la esquina del Ayuntamiento. Tiene la mano izquierda pendiente del bandoneón porteño y me ofrece la derecha para acompañarla. Juguetona se desliza entre las cinturas de las parejas que bailan. Pecho fundido a pecho.

Esta milonga al aire libre tiene colores de verbena. Grupos de comadres y curiosos se sientan en torno al espacio acomodado como pista de baile. En las esquinas, cuatro altavoces hacen más de lo que pueden para esparcir notas sobre los hombros acurrucados de los bailarines. Si afino la vista veo sus brillos cayendo leves, envolviendo con una estela rosada cada pareja, que ahora se desliza protegida bajo la tenue crisálida de bandoneón y voz rugosa, como envuelta en algodón de azúcar.

Hay una pequeña fuente y tres niños en torno a ella que ríen y se salpican. Llenan con agua diminutos globos de colores que luego usan a modo de breves mangueras, extensiones de sus manos breves. Retroceden, esquivan, recuperan los pasos perdidos. Y no es en mojarse, sino en esto, donde encuentran el divertimento que despierta su risa. Mientras, entre las cintas amarillas que delimitan el perímetro de baile, las parejas despiden decenas de diagonales que se entrecruzan y sobreponen sin llegar a tocarse. Paran, se recrean adivinando el enroque de pierna, trazando semicírculos que establecen la extensión de su reinado efímero. Sobre ellos, una voz rugosa llora el amor desgraciado que encontró en una milonga de puerto. El ritmo de secos intervalos parece el latir dolorido de su pecho o las punzadas que siente su estómago a cada recuerdo.

Al fondo de la plaza, una chica me despierta el recuerdo de otra. Lleva una mochila negra en la espalda y sujeta algo con una mano a la altura del pecho. Avanza sin prisa hacia aquí, mirando despacio los detalles; los colores de los vestidos, los ojos y mejillas juntas y cerrados, la forma en que la luz se escurre por las hojas de los árboles. Ha puesto rodilla en tierra y acerca a su cara el objeto que sujetaba ante el pecho. Retrocede levemente sin despegar los pies del suelo, gira hacia la izquierda. Se incorpora y sube a un banco. Apunta con el objeto en dos o tres direcciones y de nuevo lo sujeta como antes. Baja del banco con un mínimo saltito y avanza despacio. Sonríe a dos matrimonios de abuelos sentados en torno al tango. Agachándose, acerca su oído a uno de ellos, que pone una mano recatada en su hombro. Se incorpora riendo. Pide que se junten un poco y saca una foto. Se despide alegre con un leve movimiento de mano.

Ha reparado en los niños de la fuente. No se acerca mucho. A media distancia se detiene junto a un árbol. Enfoca y toma un par de fotos. Cuando mira alrededor, no sé si buscando perspectivas o retratables, repara en que la observo. Se acerca unos metros más, indiferente, centrada en lo que ocurre bajo la música y entorno a ella. Así, de cerca, podría describirla, pero sólo por fuera. Me parece bella. No sólo bonita, sino bella. Quizá, romántico, me deje seducir por las metáforas entre ojo, cámara y visión del mundo. Tal vez, carnal, las formas de su cuerpo me seduzcan. Sin duda lo hace su gusto por la gente. Y esa sonrisa tan suya, tan ajena, que a mí me trae recuerdos de otra risa. Ya he dicho que es guapa y su estilo me gusta. Me gusta la media melena ondulada sobre los hombros. Me gusta la comodidad de vaqueros, camisa vaporosa de algodón y calzado plano. Probablemente su pelo huela a frutas y colonia fresca, como ella, si usa.

Ha vuelto a mirar hacia donde estoy y se aleja un par de metros. Saca fotos de las parejas que bailan y de la gente que lo observa. Mira de nuevo hacia aquí. Apenas resopla y pasa el dorso de la mano por la frente. Yo, romántico, intuyo un mensaje y mi cerebro elabora una respuesta rápida. Podría comprar un botellín de agua, sólo uno para que tenga que ser compartido, acercarme y ofrecérselo. Sin decir nada más que hola, creo que tienes calor ¿quieres agua? Y sería un acercamiento noble, cordial, al abrigo de la paz que el agua compartida reporta. No creo que pudiera malinterpretarse. Otra cosa sería invitarla a tomar algo. ¿Quieres que tomemos algo? Esta frase pone en guardia a cualquier mujer. Pero el agua fresca no. Acercarme y ofrecerle agua. Pudiera decir no, gracias. Pero quizá sonría y la acepte, beba un trago sin tocar el borde y una gota juguetona resbale brillante la barbilla. Ella la recogerá con su dedo índice antes de que caiga. Beberá otro pequeño trago y me dará la botella. Yo también beberé un poco y dejaré para ella el último trago, no tan corto que parezca un resto. Y ahí tendré que rezar por ese ingenio que no poseo para no preguntarle si es fotógrafo, para no caer en el cómo te llamas, para que mi segunda acción sea tan clara y fresca como la primera. Quizá ella, benevolente, se percate de mi apuro y me diga su nombre para poder decirle el mío. Quizá, es fácil, quisiera hacerme una foto de romper hielo; yo tendría que tragarme mi pudor y el temor al resultado, y acceder con una sonrisa mesurada que impida ver los detalles del humo de tabaco en mi boca.

Se ha acercado y mirado de nuevo. Me da la espalda, a escasos cuatro metros, para tomar una última fotografía. Se aleja un par de metros hasta un banco. Quizá ahora sea el momento, pero ya no tengo tiempo para ir a por el agua fresca. Deja sobre él la mochila de la espalda. Mira algún bolsillo, pero ni saca ni guarda cosa alguna. Debería inspirar y dar el primer paso, empezar a andar, acercarme. Se incorpora y acomoda el flequillo descompuesto. Revisa brevemente una parte de la cámara. Sólo un pie delante de otro y ya estaré en camino. Coge la mochila del banco. Ahora es el momento de andar. Si mirara otra vez… Gira y comienza a andar. Se detiene en el paso de cebra. Eh, oye, espera, podría decir yo mientras correteo. Cruza el paso de cebra y enfila la calle. Se detiene brevemente y saca algo del bolsillo del pantalón. Tal vez se gire. Sigue caminando. La primera esquina. Segunda. Tercera.

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